Está amaneciendo en la ciudad y ella camina sola de vuelta al hogar, en busca de protección. Su corazón sufre mal de amores, de ilusiones y esperanzas rotas. Se prometió no llorar, quiso aguantar las lágrimas que se agolpaban en sus ojos e ignorar la presión que se cernía en su pecho. Pero en cuanto se ve sola contemplando el amanecer, no puede evitarlo. Llora, cataratas bañan sus mejillas, eliminando de sus ojos los artificios, dejando un reguero oscuro por su rostro. Sigue andando y sigue llorando, de dolor, de rabia y de impotencia. Sin darse cuenta, guiándose por instinto debido a su vista empañada llega a su casa. No puede calmarse, pero reprime los sollozos y solo refleja su tristeza su rostro. Sigilosamente se mete en la cama y ahogando con la almohada su tristeza, se deja llevar por el sueño. Duerme profundamente, sin sueños ni pesadillas. Despierta mojada por sus lágrimas y enredada entre las sábanas manchadas de su tristeza. Quiere seguir llorando, pero las lágrimas se agotaron, solamente se escuchan sus gemidos en el silencio de la habitación. Se siente estúpida por ilusionarse con todo tan rápido, por ser tan inocente y vulnerable, por dejarse engañar. Está furiosa consigo misma y quiere borrarlo todo.

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